Persiguiendo el rabo del mundo
y con inocencia de niños:
jugamos a
tocarnos.
La juventud es pobre:
Ganamos unos centavos
recitando poemas enfermos,
es lo que sabemos hacer
a fuerza de no querer aprender más,
nos agarran las madrugadas
en el único paseo poético que conservamos,
faroles de mi ciudad.
Cerca, clubes abiertos para nuestros vicios,
linda estampa y recuerdos de la odisea:
manchas en
mi camisa
improvisación de historias,
largas caminatas hasta el paradero
en busca del colectivo de los sueños.
La sensación de ley, la de ir en camino,
haciendo: pensando en el distante beso en la
mejilla
obsequiado para el lugar,
que no cabe en mi mochila
que no se sentirá ya mañana,
efímero a conveniencia.
Rutinas de ansiedad y cólera
que provocan arbitrariamente
una sucesión de palabras,
el humo escupido tras cada calada,
la garganta refrescada tras cada buche,
los pies cansados y el cuerpo contento.
Transcurre el tiempo como un embudó,
como dicen los físicos que es el tiempo ahora.
Me encuentro en reposo, en calma, como siempre.
Arrancamos vida a los adoradores de la muerte,
encentramos cielos en el reflejo de nuestros ojos
guía por excelencia de la locura.
Diego A. Sánchez. (2015)
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