Del Valium al Prozac



Este soy yo:
De páginas opacas
y letras reteñidas.
Coincidimos en que
no se puede cambiar
lo que fue cambiado,
ni inhibir de esperanza,
la lucha cíclica
por los seres dibujados en nuestras fotos
que reposan en llaveros, en billeteras
en álbumes o sobre las mesitas de noche,
junto a nuestras amorales camas.
No se puede echar atrás
teniéndoles por delante,
no se puede ser fiel al prójimo
en perjuicio de ellos.

El karma de lo correcto
nos perseguiría hasta la muerte
si entregamos como cuota la aberración;
entonces ya no estamos seguros en ningún lugar,
así que sácate Jesús los clavos de las palmas
y vístete ya,
porque los trenes nos abandonaron,
pues no esperan a nadie para partir
y menos a los que dudamos
de nuestros propios preceptos,
tampoco a los que elucubramos
en el baño lo que pudo ser
ni aquellos que pendulan impotentes
detrás de un altar.
Es una pérdida de minuteros y segunderos
que reunidos son como cataratas de sangre,
sangre de progreso, vertido en beneficio de nadie
o en desahucio de todos.
Necesitamos recuperar
la energía mal encausada,
de débil tesitura y composición,
cuya convicción se muestra
frágil ante el juicio fugaz
y la antítesis pendenciera a la que claudicó
pasmado por la conmoción fisiológica
que me provoca el colapso de la realidad frente a mis ojos,
entonces los laberintos de mi cerebro
se vuelven brumosos, confusos y escépticos,
endebles y dubitativos.
Qué asco me provoca la indecisión,
me he convertido en el ser más indeciso que conozco
¿Qué tan culpable soy sino puedo poseer mis coyunturas?
¿Acaso ese es el demonio al que estoy condenado a cargar ante mi demás confortabilidad?
¿Acaso no puedo ser el hombre apoteósico que mis ojos desean ver?
¿No puedo llegar a ese estado de Superhombre que tanto señala lo que dice que no se puede señalar?
no serán mentiras, yo soy uno
entre las singularidades de mi pueblo,
y no soy ninguno ante la
relevancia de mi especulación.
Entre las etiquetas del hombre
puedo pertenecer a radicalismos y reconciliantes,
permanecer ambivalente
entre antagonismos ideológicos
y ser perfectamente verosímil
bajo la cosmogonía en la que explico al universo.
Pero para lo que esta
 afuera de estas etiquetas,
afuera de esta percepción del hombre,
afuera del intento material por su auto-entendimiento,
afuera del espíritu absoluto que deviene
en la naturaleza para llegar a sí mismo.
¿Qué puedo ser yo?
 ¿Menos que ahora,
                   que sigo siendo lo mismo,
                                           ósea algo muy cercano a la nada,
                                                                                                 y eso,
                                           por no discutir con Parmenides,
                   que en su tumba debe estar regocijándose
 de no sentir nada?
Que reverencia y desentendimiento
para con nuestros colegas los muertos,
los que nos dijeron que las verdades eran eternas,
ellos dijeron verdades y aun así perecieron.
Qué cosa tan brava creer en nuestro legado,
ni dios se compadeció de dejarnos
a los poetas y a los médicos por más tiempo.
¿Qué más se necesita en la vida?
¿Sino un médico que recete una crema para el sarpullido
y un poeta desocupado, que valla a sembrar papa
para que la especie no muera de hambre?
¿De qué sirve en el siglo XXI mis versos,
si prácticamente todo está dicho,
lo que debió rimar a rimado,
lo que debió ser – en teoría – ha sido.
¿Pero no fue este el pecado del siglo de las luces?
Creer su desarrollo finiquitado
y ¿Resulto ser el comienzo de la tragedia?
¿Qué queda después del hoy, sino es la ciencia ficción?
¿A qué le hago campo en mi humanidad,
si todo parece esgrimirse de lo sintético?
¿Sera que empezaran a trasplantar corazones de plástico?
¿O eso ya lo hacen?
me siento entre austero y ebrio
una de las dicotomías que solo yo puedo explicar.


Diego A. Sánchez (2015)

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