En homenaje a:
La canción desesperada de Pablo Neruda
I
Fue la época de entendernos,
de reírnos con Quevedo.
Fuimos el mal logro
y toda vergüenza para la parca
fuimos constantes y
consonantes en cada
cúspide y caída de Ra.
Dormimos desde entonces
entrelazados, tocándonos,
sufriendo y naciendo en
sueños donde ya no habitamos.
Dejando en el camino como efigies:
Dos
pañoletas rojas
y unas
varias cartas.
II
Es menester que
terceros
lo sepan, como
siendo yo, uno solo
si te restasen de
de mi inventario
desaparecería tal
cantidad de riquezas
perderían sentido las
proezas,
y que más condena
que…
las palabras no me
significasen nada.
Seria hijo para el
olvido
plusvalía del
estereotipo de vida humano.
III
Te
instalaste ahí en
la sala de estar, en
el estudio y las habitaciones.
Y mi hogar se redujo
a todo lugar de
estas cuatro paredes
en que respirase tu presencia.
Y mi hogar se expandió
a todo lugar del
globo en donde
la tierra conociera:
del rumor
de tu nombre,
del
aliento de tu boca
de las
huellas de tus botas
o de la
luz de tu sonrisa.
Por eso cuando marchaste
ya no me halle.
IV
Sonaste tan franca y
fue plausible
la lógica, con que
pusiste
freno a mi corazón
encendido.
pero en la dureza de
tu ternura
este se fragmento en
sus mínimas
partes, y cuando lo
peor sucedió,
cuando la sepultada
verdad
¡que no me confiaste!
llego a mis oídos,
no tenía más que
lastimar.
Y sentí pena por ti,
aun siendo la
víctima,
me revestí de
dignidad,
después de llorar,
después del bochorno
sin esperanza de
brisa.
V
fueron los días
más oscuros que
ha conocido Gaia.
no hubo ni habrá
cataclismo tal
tan profundo, ni tan catártico
finales
de octubre
principios
de noviembre.
Los sabores se fundieron
para cualquier cosa
en una gran argamasa
de pan sin levadura.
Los olores en una
gran burbuja pestilente
a pasillo clínico.
No existe postura
ni lado de la cama
que me reconforte.
VI
Fue la noche buena,
también mi noche
buena
– una docena de días
atrás –
y fue la mano de
quienes creen en lo
que no creo, quienes
rotaron la tierra a
la luz, de la eterna
noche en la que
se había sumido.
y fueron damas
diferentes a ti
las que llamaron de
vuelta la esperanza,
las que revivieron
las ilusiones,
las que estuvieron
ahí
siempre que faltaste.
así como serán
– sino es que lo han
sido ya –
otros hombres quienes
prendan
tus labios y pongan
en
Su lugar, las lentes de tus gafas.
Diego A. Sánchez. 2013
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