Nadie sabría decir
donde estaba posada
su mirada, ni
si la hacía feliz o triste la alborada.
¿Cómo poder saber
si era de aquí o de allá
o como esos seres
que no son de ningún lugar?
Sin importar
como la imaginaras
era perfecta
para la mirada.
La blancura de su piel
la lucidez de su alma
lo tenue de su voz
¡Es un suave mantra!
Así la divise
así se mostraba.
Debería estar ahora
sujeta a mi mirada
picara
en un fondo azul mate
con las uñas cortas.
Me preguntaba:
¿Cuánto tropezarían
esos pies?
¿Cuánto bailarían al
ballet?
Me la recuerdan a
veces
las flores blancas de
la plaza
los libros del siglo
de oro
los peluches
antialérgicos
el chocolate.
Y va por ahí, va por
el aire
robando cipreses
llorando por los
detalles
construyendo en el
silencio
incontables verdades.
Su cristo me dijo,
que
esa era su suerte.
Libertad encontraba
en ella
la butaca que nos
contuvo
el ocaso que nos
engullía
el primer crepúsculo
que nos descubría.
Niña blanca
niña dulce
dulce niña
blanca niña.
Siempre encuentro en
tus labios
la voz que replica
al cielo encerrado al
que a veces
cuestionas.
Y yo escuchándola,
rezándola
entre hormigones,
palestras
entre encrucijadas,
ella
mi único suspiro y
resuelta
respuesta en las
preguntas
sin respuestas.
Las copas medio
vacías
las copas medio
llenas
Un libro de Lorca
deshojado en la mesa
la boca nos sabe a
vino tintó
estas ahí, al frente
si respiras
si miras
si hueles
si
sientes.
Si los bellos se te
erizan
y las mejillas se te
encrespan
yo, vacío y plano
te observo, y ese
cuadro
ese cuadro lo siento
como las meninas; y
me intriga
como Durero.
Tac-tac-tac
repicaban tus dedos
tac-tac-tac
fruncías el ceño
tac-tac-tac
se notaban tus
miedos.
Y en esos histriónicos
y austeros momentos
en que te mire, estudie
me sonreía por dentro.
Si se por qué
y claro que se en que momento
aunque te diga que no
porque no entienda los hechos.
No sé, por ejemplo
en ese ascensor
testigo del secreto
el día que me sacaste del café
el día que tenías el gorro azul;
ese día lo pensé
ese día lo desee.
Que grata sorpresa
fue, un día cualquiera
ver que lo que siguen los girasoles
es la dirección de tu sonrisa.
Desde entonces
muero por verte cada noche
y nazco para besarte cada día.
Diego A. Sánchez (2014)
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